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5 Marzo 2010

LA POLÍTICA EN TIEMPOS DE CATÁSTROFE “NATURAL” Y DE SUFRIMIENTO POPULAR

 

El terremoto hizo añicos la imagen para consumo exterior construida con pinzas por las elites: la del Chile capitalista moderno y ejemplar. Así como la prudencia exige aplicar el principio de precaución en la ciencia, la política en momentos de crisis demanda la democracia y el control ciudadano ejercido desde abajo.

 Más aún durante los períodos excepcionales de "estados de emergencia" y crisis donde tiende a imponerse la lógica del orden -con los consiguientes excesos del poder político y militar- por encima de la del criterio de gratuidad en la satisfacción de las necesidades sociales de las mayorías.
 
La prensa mundial no ha dudado en poner en relieve las taras obscenas de una sociedad basada en el enriquecimiento extremo de una minoría. Se resquebraja también la figura del Estado protector. En vez de planificar con esmero y enviar inmediatamente, sin titubear un instante, aviones y helicópteros de carga con vituallas, batallones de médicos, bomberos especialistas, ingenieros, arquitectos, psicólogos y estudiantes voluntarios para socorrer y llevar ayuda material, carpas, hospitales de campaña, alimentos y asistencia médica para aplacar el dolor y las furias de la incertidumbre en un país que se revela desgarrado por las tensiones sociales, Bachelet, Piñera y los suyos instalaron el "Estado de Emergencia" en las zonas más damnificadas. Pudieron, sin embargo, haber hecho gala de capacidad de puesta en marcha del "Estado Providencia" en acción. Ponerse a gobernar desde la zona ministrada.
 
En este caso, el ejercicio de la comunicación política desde las vocerías del ministerio del Interior y del nuevo equipo piñerista para tranquilizar a la opinión pública, tuvo un efecto "boomerang" negativo. Si el poder y las autoridades niegan durante casi un día la amplitud del cataclismo, es porque son negligentes y, corolario, nos dejan a la buena de Dios cuando más los necesitamos. Es la reflexión ciudadana más probable. Y si los organismos competentes de la Marina de Chile no informaron a tiempo acerca del peligro de maremoto en la zona más afectada, eso significa que estamos huérfanos de pericia técnica ante la calamidad natural.
 
De ahí a que la violencia urbana estalle hay un paso fácil de dar por los marginados y desesperados. Nada comparado al potencial de solidaridad de la población al cual el Estado teme. El problema, entonces, se sitúa en otro lado. En la incapacidad casi original del Estado chileno en hacer frente a las calamidades naturales y sociales. En la incapacidad del Estado y sus instituciones para prever las altas e inminentes situaciones de riesgo local y global permanente y de manejarlas como se debe.
 
Recordemos, para no olvidar y precavernos de las consecuencias de la ceguera de algunos políticos tecnócratas concertacionistas y piñeristas, que hasta hace algunos meses solamente, junto con empresarios y operadores de las grandes compañías proveedoras de tecnología nuclear de tercera generación, como la estadounidense Westinghouse y la francesa Areva, veían como cierta la posibilidad de construir centrales nucleares y buscaban un emplazamiento "seguro" para ubicarlas en Chile.
 
En su momento y para replicar a la descabellada idea de utilizar la energía nuclear en la nueva matriz energética chilena escribí en una nota de pié de página acerca de lo sorprendente que era -en un país donde los volcanes en erupción danzan sobre agitadas e inestables placas tectónicas- que la propuesta de corte "tecno-progresista" del comisionado de la ONU para el medio ambiente, Ricardo Lagos, no considerara el carácter de riesgo permanente de tal operación. Hoy constatamos lo desatinado de la idea. Cuando políticos que ignoran los datos duros de la misma ciencia, están dispuestos a hacer "progresar" al país con la espada de Damocles del fuego nuclear sobre la cabeza, hay que no sólo meditar, sino actuar.         
 
Ahora bien. Partimos del principio que el Estado es y debe ser el garante del Bien Común de toda la población.
 
Un Estado moderno con visión estratégica es previsor. El chileno -las pruebas se acumulan- no lo ha sido. Será porque se cautelan solamente los intereses capitalistas. Los más vulnerables siguen siendo los más pobres y carenciados. Son las clases proletarias las que viven en toda su amplitud y desnudez la precariedad total de la existencia social ante los azotes y calamidades de la naturaleza. Ya lo vimos en Haití. Se repite en Chile.
 
Mientras que las pocas pertenencias materiales de los sectores proletarios se ven reducidas a polvo, el capital y el dinero se pasean por los circuitos globales que les garantizan a los poderosos y a los ricos la solvencia y la capacidad para enfrentar los infortunios de la vida. Las grandes compañías de seguros pagan las mansiones, los autos dañados e incluso indemnizan ventajosamente las vidas accidentalmente sesgadas. Sociedad del riesgo, visto en forma privada, obliga.
 
Otros lucran directamente con la desgracia de los pueblos. Las constructoras privadas, algunas de las cuales son responsables del estado calamitoso de viviendas e infraestructura vial urbana, ya se frotan las manos con los jugosos contratos que el Estado empresario de Piñera les entregará a las más "competitivas".  
 
Y si hoy los modernos somos algo más lúcidos y no le echamos la culpa a los dioses o a un todopoderoso providente a la vez hacedor y vengador, la ciencia liberada de los imperativos cientistas nos entrega nuevas certezas acerca del carácter depredador de la actividad humana que ha destruido los equilibrios ecológicos. Perjudicando de manera irreversible toda la trama compleja que sujeta al hombre en el cosmos.
 
La naturaleza, la bioesfera y los ecosistemas han sido agredidos, dislocados,  y penetrados, hasta en sus más profundos secretos e intersticios, por un tipo de racionalidad llamada instrumental. Es la razón tecno-científica transformada en medio o instrumento, al servicio de un sólo fin: la ganancia. Mentalidad o modo de pensar que no reflexiona sobre los fines ... de la misma ciencia, ni de la política.  Actitud propia del capitalismo que doblegó y fagocitó a la ciencia desde sus inicios y que puso imperativamente a la técnica nacida de ésta, al servicio de las guerras de conquista, convertidas con su ayuda, en imperialistas. En efecto, la tecnociencia se puso desde temprano al servicio de un proyecto o fin depredador.

Algunos datos de la potencia mortífera de la civilización industrial y productivista indignan. Durante la segunda mitad del siglo XX ("la era de los extremos" según Eric Hobsbawn) la humanidad asistió perpleja al uso indiscriminado de pruebas atómicas realizadas por las grandes potencias: los franceses se encarnizaron con el Atolón de Mururoa en el Pacífico (167 "ensayos" nucleares entre 1960 y 1996; 146  de ellos subterráneos); los estadounidenses en los atolones de Bikini y de Enewetak (66 pruebas nucleares aéreas entre 1946 y 1958, sin contar las del desierto); la ex URSS, al menos 100 subterráneas de un total de 715 pruebas atómicas entre 1949 y 1990; China 43 pruebas nucleares desde 1964; India, 5 pruebas bajo tierra en 1998. Sin olvidar las experiencias atómicas pakistaníes, israelíes, norcoreanas e iraníes.
 
Ahora bien, para medir la intensidad de un sismo se utilizan los mismos instrumentos que sirven para medir la fuerza de una explosión atómica. Así es como lo razonable del paradigma de la complejidad nos obliga a considerar la hipótesis del vínculo e interrelaciones complejas entre explosiones nucleares, movimiento de placas tectónicas, desplazamiento de glaciares acuáticos y andinos, desertificación de tierras, agotamiento de las napas freáticas, calentamiento global y efecto invernadero.      
 
Necesitamos una política realista capaz de revertir esta situación. La tecnocracia y la tecnociencia deben someterse a la lógica de otro paradigma civilizacional: a la del respeto de la naturaleza y de las sociedades humanas cimentadas en la igualdad y la solidaridad. Al paradigma ya esbozado en las reflexiones del ecosocialismo. Al cual las nuevas generaciones serán sensibles. Pero disputándoselas a la ideología de la impotencia del capitalismo depredador.
 
Chile es la prueba. La prudencia exige aplicar el principio de precaución en la ciencia. Y la política en momentos de crisis demanda la democracia y el control ciudadano ejercido desde abajo. Más aún en los "estados de emergencia" y crisis donde el fantasma de los excesos del poder político y militar, más interesados en mantener el "orden" que en la satisfacción  de las necesidades tiende a imponerse.
 
Por de pronto, cabe plantear que en virtud de lo expresado es importante abrir el debate acerca de la "reconstrucción" de Chile centrado, esta vez en la satisfacción de las necesidades sociales de las mayorías y no en la preservación del interés privado en desmedro del público. Lo que implica potenciar toda organización ciudadana para ejercer un control sobre las autoridades y sus actos. Las organizaciones populares como la CUT, las federaciones estudiantiles universitarias y secundarias, las organizaciones profesionales, las juntas de vecinos y otras que bajo la iniciativa ciudadana se formen, podrán exigir y garantizar un plan de urgencia permanente con participación ciudadana contra las catástrofes y reguardar el respeto y el ejercicio pleno de las libertades civiles y los derechos humanos y colectivos.

Leopoldo Lavín Mujica 

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Benjamín Rivera

Benjamín Rivera dijo

Hola, ,cómo están, espero que bien, yo estoy bien... bueno, ojalá que esto se soluciuone y que lo hagan por la genet y ni por beneficio propio, adios..

5 Marzo 2010 | 10:58 PM

Villegas sostiene que el terremoto

Villegas sostiene que el terremoto "ha sacado a la luz debilidades acumuladas a lo largo de años en el completo edificio de nuestra sociedad … y de procesos sociales cuyas semillas se sembraron a partir de 1973, se abonaron en los años sucesivos y se dijo

Acostumbrado a sermonear sobre los que según él serían los grandes males de nuestra sociedad, señalando con el dedo a los culpables como una especie de cura Hasbún laico, Fernando Villegas se ha querido pasar de pillo esta vez al comentar, en su columna del diario La Tercera (02/03/10), los actos de pillaje que han ocurrido en algunas de las localidades más afectadas por el sismo del 27 de febrero.

Villegas sostiene que el terremoto "ha sacado a la luz debilidades acumuladas a lo largo de años en el completo edificio de nuestra sociedad … y de procesos sociales cuyas semillas se sembraron a partir de 1973, se abonaron en los años sucesivos y se regaron generosamente desde 1990". Y añade: "El resultado es una mezcla explosiva de aspiraciones adquisitivas con una distribución del ingreso que impide a muchos satisfacerlas y de dos generaciones de chilenos pobres -padres entre 25 y 40 años, hijos de entre 10 y 20- criados casi sin control parental ni escolar. A ese combustible se agrega como comburente la hegemonía ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos, las cuales en muchos casos -legales, judiciales, etc- han sido llevadas a tales extremos de lenidad y obsecuencia, que entorpecen gravemente la determinación o voluntad del Estado para preservar el orden público."

Sin considerar que, al menos en parte. dichas acciones pueden ser obra simplemente de la desesperación de quienes necesitan urgentemente de una ayuda que no llega, la afirmación de Villegas entremezcla de manera ecléctica fenómenos reales de desquiciamiento moral existentes en nuestra sociedad y algunas de sus manifestaciones en curso, fruto del sistema económico y de la correspondiente moral ultraindividualista que se impuso por la fuerza en Chile a partir de 1973, con sus propios prejuicios, derivados precisamente de su adhesión a las peores manifestaciones ideológicas de ese individualismo que embrutece y animaliza al ser humano, malogrando las enormes potencialidades positivas que anidan en él.

Su alusión al profundo desnivel existente entre las "aspiraciones adquisitivas" y las trabas que les opone la muy desigual distribución del ingreso imperante en el país es enteramente pertinente si con ello se busca llamar la atención sobre el escándalo que representan las ominosas desigualdades sociales que no han hecho más que crecer desde 1973 hacia adelante, erosionando muy gravemente todo sentido de pertenencia y de responsabilidad social. Pero carecería de toda justificación si se pretendiese pasar por alto que dichas "aspiraciones adquisitivas" han sido también fuertemente fomentadas por el propio capitalismo salvaje en que vivimos y su correspondiente ideología consumista, que sólo deja espacio a la dicotómica disyuntiva entre "ganadores" y "perdedores."

Si, como él mismo señala, protagonista de estos pillajes no ha sido sólo el lumpen sino "también y en número abrumador, gente común y corriente, la clase de personas con las cuales usted puede toparse en su oficina o en el bus" ¿cómo es posible explicarse este fenómeno sino, precisamente, como producto del más desquiciado individualismo que ha sido profusa e insistentemente propagado en Chile durante más de cuatro décadas y media? Un individualismo del que, dicho sea de paso, el propio Villegas constituye en nuestros medios de comunicación uno de sus principales adalides.

Es cierto que lo que estos actos de pillaje ponen al descubierto es el rostro de una sociedad enferma y que esto es algo de lo que no deberíamos extrañarnos, pero que representa exactamente lo contrario de los comportamientos que cabría esperar en una sociedad en la que imperasen a plenitud los derechos humanos. La antojadiza asociación que entre lo uno y lo otro hace Villegas, pretendiendo expiar de ese modo su propia responsabilidad por la gran y persistente campaña de embrutecimiento en que se encuentran empeñados desde hace varios años nuestros medios de comunicación masivos, no es más que un soberano disparate.

Pero ¿cómo podríamos sorprendernos de que Villegas, imbuido como está de una ideología cavernaria que evoca la retrógrada doctrina del "darwinismo social", destile frívolamente comentarios de este tipo?

Jorge Franco

5 Marzo 2010 | 11:30 PM

Fue notoria desde el primer momento la descordinación de los servicios: fallaron el agua, la electricidad y los teléfonos, todos elementos en manos privadas, que a varios días de la catástrofe seguían sin funcionar, afectando a más de dos millones y

Fue notoria desde el primer momento la descordinación de los servicios: fallaron el agua, la electricidad y los teléfonos, todos elementos en manos privadas, que a varios días de la catástrofe seguían sin funcionar, afectando a más de dos millones y dijo

Tal vez desde el terremoto de Chillán, el 24 de enero de 1939 (7,8º y treinta mil muertos), que no se producía en Chile un sismo de la magnitud (9º) y violencia del de la madrugada del 27 de febrero en la zona comprendida entre Valparaíso y Concepción, donde vive el 50% de la población del país.

No hay aún una cifra definitiva del número de víctimas, porque todavía hay en todas partes escombros que remover. Pero ya se superaban las 800 personas al cierre de esta edición.

Los desaparecidos son innumerables, en especial debido a los maremotos que arrasaron puertos, caletas y balnearios del litoral. Hay cientos de heridos. Los daños materiales son enormes. Cifras muy provisorias hablan de treinta mil millones de dólares.

Como siempre, la mayoría de las víctimas han sido chilenos pobres. Parece inevitable que el principal impacto de las catástrofes lo reciban ellos. Son los mismos que ahora sufren directamente la falta de alimentos, de agua, medicinas, ropa de abrigo, de techo. En muchas zonas se carece de electricidad, agua y combustible. Todavía son miles los que están a la intemperie porque debieron abandonar o perdieron sus casas. En las zonas más afectadas existen desesperación y una creciente indignación por la ineficiencia de las autoridades.

La acción del Ejecutivo se ha visto entorpecida por la incompetencia y la debilidad del aparato administrativo y los titubeos, demoras y contradicciones a nivel superior.

No obstante las advertencias y la trágica regularidad con que el país es azotado por desastres naturales, no se logran establecer criterios y normas adecuadas para enfrentar estas emergencias. Fue notoria desde el primer momento la descordinación de los servicios: fallaron el agua, la electricidad y los teléfonos, todos elementos en manos privadas, que a varios días de la catástrofe seguían sin funcionar, afectando a más de dos millones y medio de personas. En materia de telefonía se produjo un caos sobre todo en telefonía móvil: las autoridades quedaron virtualmente aisladas de la población, que no sabía qué estaba pasando e imaginaba lo peor.

Con soberbia -e ignorancia- el gobierno no aceptó inicialmente la ayuda ofrecida por diversos gobiernos desde el primer momento. Luego tuvo que rendirse ante la carencia de medios existente en Chile. Especial relevancia tiene la rápida ayuda prestada por Cuba, Bolivia, Perú y Brasil.

Quedó de manifiesto la precariedad del equipamiento para afrontar emergencias y catástrofes: desde la falta de hospitales de campaña, de puentes mecanos, plantas purificadoras de agua, grupos electrógenos, sistemas de comunicación, etc.

La red sismológica existe sólo en la imaginación de sus promotores. El servicio científico de la Armada -que debía dar la alarma del tsunami- incurrió en un error inexcusable al descartar un maremoto que, sin embargo, se produjo con consecuencias desvastadoras en las zonas costeras del Maule y Bío Bío.

Serias fueron también las debilidades administrativas de la autoridad. Nada se hizo por controlar la especulación y acaparamiento de los alimentos y artículos esenciales. Tampoco se previó que el expendio de gasolina no operaría debido a los cortes de energía eléctrica. No se tuvieron en cuenta las acciones del lumpen, que se producen cuando hay apagones, ni la necesidad de establecer una red informativa.

El terremoto desnudó las debilidades del modelo. Chile sigue siendo un país atrasado, aunque se codee en la OCDE con los países ricos. Sufre enormes inequidades y está sometido a la voluntad de empresas y consorcios privados que actúan al margen del control del Estado y de toda consideración por el bien común. Las autopistas concesionadas, por ejemplo, sufrieron daños graves que han puesto en peligro la conectividad del país.

¿Cómo puede explicarse que edificios recién construidos, ocupados por propietarios que tuvieron que hipotecar su inmueble hasta el fin de sus días para conseguirlos, se hayan derrumbado o estén tan dañados que tendrán que ser demolidos? El negocio inmobiliario hace lo que quiere en este país. No hay cálculos estructurales ni estudios de mecánica de suelos que valgan frente a la voracidad por ganar dinero a destajo. Por decir esta verdad, produjeron molestia las palabras del obispo Alejandro Goic, presidente de la Conferencia Episcopal, que condenó los abusos de las empresas constructoras y aludió a los empresarios que por “unos cuantos pesos” no trepidan en poner en peligro la vida de las familias. Ninguna constructora asume responsabilidades, nadie será castigado, nadie irá a la cárcel. La empresa privada es intocable y sus intereses merecen más respeto del Estado que el bienestar y seguridad de la población. Los supermercados suben los precios y ocultan productos. Mientras, el gobierno les compra miles de millones de pesos en mercaderías para distribuir entre los damnificados.

Son debilidades, abusos y corrupción que explican la reacción airada de miles de personas que protestan y que han llegado incluso a apoderarse de alimentos y artículos indispensables para sus familias. Aprovechando esa reacción natural y legítima de los ciudadanos, también han actuado elementos del lumpen y delincuentes para robar artículos electrónicos, licores y otros objetos.

Junto con el terremoto y el tsunami, ha entrado en erupción el volcán del malestar social que permanecía dormido. La ira ciudadana ha despertado. Hay que canalizarla y darle organización, para que se convierta en fuerza constructora de un poder democrático y popular. La memoria histórica del pueblo chileno conserva el legado de generaciones de luchadores sociales y políticos que fueron capaces de estructurar y orientar las demandas populares.

La situación actual ha llegado a extremos críticos en varias ciudades. El gobierno ha decretado zonas de estado de catástrofe en dos regiones, bajo el mando del ejército. Frente a esta medida, la derecha ha celebrado la vuelta de los militares y los tanques a la calle.

Las organizaciones sociales, los estudiantes y vecinos, los sindicatos, deben actuar en estas circunstancias críticas. Organizadamente el pueblo debe recurrir a las autoridades, proponer soluciones y controlar sus actuaciones. Lo más importante es superar la emergencia al más breve plazo. El pueblo tiene la fuerza y las condiciones para hacerlo. Así, además, se abrirá camino a la reconstrucción, que abordará el próximo gobierno encabezado por el empresario Sebastián Piñera, que sin duda tratará que el costo de esta catástrofe lo paguen los de siempre, los pobres.

5 Marzo 2010 | 11:36 PM

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Lo sé ;pero yo tengo predilecciones por las grandes ideas, y aunque la literatura se me ofrece con grandes vacilaciones y dudas, prefiero no hacer nada. Tengo un concepto dramático de la vida, y romántico; no me corresponde lo que no me llega profundam...ente a mi sensibilidad. (…) Como ciudadano, soy hombre tranquilo, enemigo de leyes, gobiernos e instituciones establecidas. Tengo repulsión por el burgués, y me gusta la vida de la gente intranquila e insatisfecha, sean éstos artistas o criminales. Porque vivir es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de todos no hacen otra cosa que existir. Obviando mis defectos, la mayor de mis virtudes pueden ser la generosidad, la humildad y el saber escuchar con atención al interlocutor, tengo gustos simples. Me satisfago con lo mejor. Cuando me da por pensar de noche en mis defectos, me quedo dormido inmediatamente. También la sinceridad. Soy persona paciente de carácter afable y trabajo para convertir mi tiempo en éxito (no me gusta perder el tiempo con cualquiera). Como mala persona soy un completo desastre. Hay montones de gente que afirman que no he hecho nada malo en toda mi vida. Por supuesto sólo se atreven a decirlo a mis espaldas... Me convencí AHORA (tarde, muy tarde; pero a tiempo) que el amor es energía inmortal e indestructible ya que su característica principal radica en regenerar, por está razón siempre tiene la última palabra frente al desamor o la traición, ahh y que todo lo perdona, cuando es verdadero y genuino. El amor nos permite percibir el aroma de lo invisible, nos muestra la función de la vida. He descubierto, que ser feliz NO es tener una vida perfecta. Que jamás debo desistir de las personas que amo. Jamás desistir de ser feliz, pues la vida es un espectáculo imperdible… Y creo también ser un tipo...especial! Me llaman :Victor Rodriguez O. de Chile, Santiaguino , Constructor Civil, tengo una vocación interdisciplinaria que demuestro en estudios y algunos trabajos donde se cruza la literatura, la ontología, la filosofía política y la fenomenología. No soy academico! apenas un amante del saber. <


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