NULIDADES FRAUDULENTAS-ELOGIO DEL CONCUBINATO
BISAGRA ACEITADA DIJO,
18/11/2004 15:25:51
NULIDADES FRAUDULENTAS NO ERAN TAN MALAS
Eso era, claro, pura teoría, ya que se utilizaba ampliamente el perjurio, es decir de jurar en falso ante un tribunal, para conseguir, siempre que hubiese mutuo acuerdo, lo que se prestaba para chantajes, que el contrato matrimonial fuese declarado nulo.
Finalizado trámite, molesto pero breve, ya que podía durar apenas tres meses, las partes retornaban a la soltería, como si nunca hubiesen conocido a la otra persona. Los hijos engendrados durante ese matrimonio que supuestamente nunca había existido no quedaban en un limbo, sino eran reconocidos en forma automática como legítimos. Difícil imaginar una fórmula más ingeniosa.
La inexistencia de una ley de divorcio resultó incapaz, entonces, de detener la oleada de las rupturas matrimoniales, al punto de que a comienzos del siglo XXI en Chile la significación de tales quiebres se asemejaba ya a la detectada en los países donde uno puede casarse y descasarse hasta por correspondencia.
Dicho estado de cosas suscitó las iras de los talibanes de la moralidad, que consideraban escandaloso que hubiese que jurar en falso para anular un matrimonio, en circunstancias de que en la vida cotidiana y en nuestra relación con la gente, esto es la sociedad, nos llevamos echando mentiras, más o menos piadosas, puesto que en caso contrario terminaríamos todos agarrándonos a charchazos o, cuando menos, a garabatos.
Imposible decirle al jefe que sus chistes son fétidos de fomes, ni reconocerle al juez que ese día que nos sorprendieron circulando a 90 kilómetros por hora por la Avda. España de Valparaíso no fue una excepción, sino que lo que hacemos a diario cuando no hay pacos a la vista. Y si todos fuésemos impecables al efectuar nuestra declaración de impuestos, la recaudación tributaria aumentaría 50% y no habría necesidad de recurrir a gravámenes adicionales para financiar el Plan Auge.
En ausencia de una dosis saludable de hipocresía, habría que decirle al amigo con el que nos topamos en la calle, que luce cada vez más cadavérico y que el cáncer se lo llevará antes de tres meses; recomendar a esa tía que duplique sus idas al gimnasio ya que en caso contrario no bajará de los 80 kilos para la próxima temporada de piscinas, y manifestarle al gerente de la empresa que sus subordinados no atinan a comprender por qué el directorio no lo echa a patadas por inepto.
"La hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud" sentenciaba Oscar Wilde, a quien muchos fundamentalistas no han oído nombrar, ya que en general tales especímenes son bastante incultos. La búsqueda de la coherencia absoluta, de la transparencia absoluta, de la integridad inmaculada desemboca a menudo en experiencias autoritarias... o en el ridículo más absoluto.
Así que, más allá del discurso de feministas bigotudas y de políticos que se las dan de modernos y tolerantes, había poderosas razones para mantener la farsa de las nulidades, con un matrimonio civil que era para toda la vida, pero con subterfugios para los casos, cada vez más numerosos, de fracasos.
De otro lado, imposible, por muy laico que uno sea, no encontrar alguna razón a la Iglesia Católica cuando predica que la destrucción de la familia es caldo de cultivo para la delincuencia, la pobreza, la drogadicción y una serie de males sociales.
La evidencia empírica es abrumadora en cuanto a que la sociedad le conviene, es decir le sale más barato en todos los aspectos, fortalecer la familia, que debilitarla.
Si el matrimonio se convierte en desechable, por cierto que se erosiona la voluntad de los contrayentes para encarar los inevitables problemas de la convivencia cotidiana. Convertir el matrimonio indisoluble en un contrato más fácilmente desechable que el que un patrón tiene con su empleada doméstica no es la señal más adecuada para mostrar la importancia que para la sociedad tiene la estabilidad de la familia.
Así que, a lo mejor, pese a que la gente lo quería, el divorcio no es la panacea y, probablemente, era mejor el sistema de las nulidades porque dejaba abierta una puerta de escape a los fracasados, al tiempo que entregaba una señal inequívoca acerca de la importancia del matrimonio estable para la sociedad.
Pero decir eso sonaba políticamente incorrecto.
ELOGIO DEL CONCUBINATO
A la vista de la crisis generalizada de la institución matrimonial, un elevado porcentaje de jóvenes han optado por vivir así no más, vale decir en concubinato. Para qué casarse si, en caso de un fracaso, habrá que perder tiempo o plata en trámites para conseguir el divorcio o la nulidad. Mejor estar juntos hasta que el amor dure y no involucrarse con el aparato estatal para darle cuenta de con quien nos acostamos, tenemos sexo o dormimos.
Argumentarán algunos que es preciso ofrecer a quienes fracasaron en el matrimonio una nueva oportunidad para establecer una familia. Bueno, si ese hombre casado se va a vivir con una mujer soltera y tienen hijos, forman de hecho un hogar, y la descendencia califica ahora de legítima, tras la reforma, a comienzos de este siglo, que abolió la categoría de los hijos ilegítimos.
Lo mismo vale para la mujer casada legalmente que se arrejunta con un soltero y, por cierto, para una pareja de célibes, es decir de personas que nunca se han casado antes.
¿Dónde está el problema? ¿En la ausencia de una libreta con timbres y estampillas? ¿Qué seguridad otorga ese instrumento, en circunstancias de que ahora el matrimonio civil se ha convertido en desechable, bastando únicamente la voluntad de una de las partes para liquidarlo?
No sólo los jóvenes muestran creciente desapego por la institución matrimonial. También aquellos que han sufrido fracasos y que viven ahora con una nueva pareja. A lo mejor la nueva ley les facilitará las cosas, aunque está por verse cuán enorme será la carga económica que las esposas impondrán a quienes pretendan transformarlas en ex, para lo cual se aprovecharán de las normas aprobadas por parlamentarios calzonudos que conside
ran que ellas, las pobrecitas, son siempre la parte débil, digna de especial protección. Pero aun suponiendo que muchos varones logran liquidar el yugo, lo más probable que no tengan ni la menor intención de reincidir, actitud que puede ser también la de numerosas mujeres inteligentes y liberadas, esas que no andan desesperadas por casarse.
Pueden esas personas sentirse razonablemente contentas con su nueva pareja, pero tienen la sospecha de que el hecho mismo de matrimoniarse desencadena efectos desfavorables sobre la relación, la que se rutiniza y pierde el encanto de saber que si estamos y seguimos juntos, no es por un papel, sino porque cada uno lo quiere.
Por consiguiente, lo mejor que puede hacer una pareja de ciudadanos conscientes de su dignidad y que no tienen alguna tranca que les obligue a conseguir el reconocimiento de una burocracia inepta, cuando no corrupta, es ignorar el matrimonio civil e instalarse a vivir sin ataduras legales.
Horror, ya hay indicios de que algunos politiqueros pretenden inmiscuirse en las uniones libres, a fin de imponerles reglas, certificados y tributos. La causa de fondo es que no quieran que los ciudadanos sean libres y puedan respirar siquiera, y menos tener sexo, sin pedirle permiso al Estado o registrarse ante algún burócrata.








laurencia19 dijo
Hola, la hipocresía reina en ciertos grupos que se dicen llamar "conservadores".
Cariños.
13 Enero 2008 | 09:44 PM