EL GENERAL HOCICÓN, LOS IGNORANTES Y LOS HIPÓCRITAS

Es asombroso que Gobierno haya dado tanta importancia al hociconeo belicoso de un general peruano que dijo en voz lo que piensan la mayoría de los jerarcas castrenses de su país y del nuestro, en circunstancias de que mucho más grave es el desorbitado gasto en armamento en que han incurrido en los últimos años nuestras fuerzas armadas, a espaldas de la ciudadanía.

Sin embargo, en innumerables oportunidades a lo largo de la historia uno observa cómo ellos son seres muy traicioneros, al punto que no vacilan en apuñalar por la espalda a quien estaban jurando hasta el día anterior lealtad, amistad o respaldo. Muchos de los conflictos bélicos se han zanjado mediante estratagemas que suponen la traición y el pisoteo de la palabra empeñada. Los militares chilenos en este campo han dado muestras de alto vuelo, como ocurrió sin ir más lejos en el caso del general Augusto Pinochet, designado por el presidente Salvador Allende en su alto cargo y quien hasta el día anterior le juraba lealtad.
De manera que no hay que escandalizarse en exceso con las palabras del comandante en jefe del ejército peruano, ya que seguramente es lo que desearían él y muchísimos otros, sino la mayoría de sus camaradas de armas respecto de los chilenos; y, muy probablemente una gran mayoría de los altos mandos chilenos desean exactamente lo mismo respecto de los peruanos. La única diferencia es que los nuestros son bastante más prudentes o solapados. En sus interminables juegos de guerra tienen considerada por supuesto la hipótesis del conflicto con el país del norte y no descartan el mayor aniquilamiento posible de sus potenciales adversarios, porque ése es el objetivo de la actividad a la que ellos están abocados. En consecuencia, las palabras del cantinflesco, borrachín y corrupto comandante en jefe del ejército peruano no debieran haber suscitados reacciones demasiado destempladas. Al fin y al cabo, también nosotros los chilenos hemos tenido en el pasado reciente otros altos jefes militares cuya afición al alcohol era evidente, el cual les soltaba la lengua con una facilidad escandalosa, episodios en los que ofendían cobardemente a sus propios compatriotas y a otros pueblos, en especial vecinos.
Lo que cabría sí criticar severamente es la actitud del presidente del Perú, que ante el llamado telefónico que le hizo la mandataria chilena, Michelle Bachelet, un personaje muy impregnado de los hábitos y mentalidad castrense, tuvo la descortesía de dialogar con ella sin advertirle que había puesto el altavoz. No estaban hablando ellos a solas, sino que en el Palacio Pizarro de Lima estaba el gabinete peruano completo escuchando lo que decían Alan García y la presidenta de Chile. Inmediatamente después de esa conversación Bachelet salió con la novedad de que su colega llamaría a retiro en el más breve plazo al comandante en jefe del ejército peruano. Tenía que ser a muy breve plazo, porque el más alto jefe militar del país vecino jubilaba por efecto de normas burocráticas el 5 de diciembre, es decir apenas una semana después.
Era imprescindible entonces que al día siguiente, o a más tardar digamos en 48 horas, el corrupto, vicioso y estúpido comandante en jefe del ejército peruano fuese dado de baja por su superior jerárquico, el presidente civil Alan García. Si bien eso significaría que el energúmeno con uniforme pasara a retiro apenas 10 días antes o una semana antes de la fecha prevista al completar su periodo de carrera, ello habría entrañado un castigo moral bastante duro y una clara demostración de que el presidente del Perú censuraba ampliamente su imprudencia lindante en la insensatez. Pero parece que
En un intento de zafar a
En consecuencia, una actitud grotesca, imprudente, del comandante en jefe del ejército peruano, cuyo único mérito puede haber sido sincerar lo que él y sus secuaces sienten con respecto a los chilenos, que no es muy diferente a lo que sienten los altos mandos chilenos respecto de los peruanos, es seguida de una exigencia grotesca por parte del canciller chileno y culmina con un brusco enfriamiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países.
Por desgracia la insensatez de nuestros militares y la inercia de nuestros políticos hacen prever que los desencuentros y los problemas entre Perú y Chile continuarán complicando la vida y proyectando una sombra de inquietud sobre ambos pueblos.
Ahora bien, mucho más grave que el hociconeo del imprudente general es la carrera armamentista a la que Chile se ha precipitado de fines de los 90 y que alcanzó el paroxismo en los primeros años de la actual década bajo el gobierno de Ricardo Lagos. Diversos países latinoamericanos y expertos internacionales han manifestado su preocupación por los miles de millones de dólares que Chile ha destinado a renovar y potenciar su ejército, marina y aviación. Son adquisiciones que se han financiado con fondos provenientes básicamente de

¿Para qué se adquieren esos aviones de última generación? ¿Para qué se renueva nuestra flota de guerra y el equipamiento de un hipertrofiado ejército si no es para usarlas en eventuales conflictos con nuestros vecinos? Así pues, las destempladas declaraciones del general Edwin Riveros encuentran un antecedente bastante más sólido y peligroso, como es la carrera armamentista a la que se ha precipitado Chile, sin que la mayoría de los chilenos se hayan siquiera percatado, porque estos temas, claro, no se discuten en la prensa ni en los debates políticos de los candidatos a ocupar los más altos cargos en nuestra democracia, sino que se trata de temas y decisiones que se adoptan al margen del sentir ciudadano.
En definitiva, pues, quienes se manifiestan escandalizados por las declaraciones del estúpido, corrupto y fanfarrón general peruano son en su mayoría ignorantes, cuando no hipócritas.

El día en que todos los creyentes, de una o otra religión, puedan mirar alrededor y canalicen sus energías en Dios, desaparecerá tanta desgracia del mundo, todo será diferente y no tendrán que sustentar la riqueza de la Iglesia ni tendrán que aceptar sus caprichos.



